Posted by Ian on 2/8/2006, 1:32 am, in reply to "El día que me entregué (Parte 2)" Me dijo no. Me dijo que debería encontrar cualquier trabajo local que pudiera, aunque sea un trabajo mal pagado para poder pagar y seguir con las sesiones de terapia con él indefinidamente. Cuando me decía algo así, siempre terminaba la oración con: “...O mandaré tu trasero a la cárcel.” Hacía lo mismo que los terapeutas nombrados por el tribunal en el artículo de Ed abajo, acerca de “terapia naturista.” Trataba de advertirme acerca de grandes hombres negros en la cárcel que me violarían todos los días. Primero quería hipnotizarme, pero cuando no me abrumó de gozo la idea de tener mi vida financiera debajo del poder de alguien, lo siguiente que hizo fue decirme que cerrara los ojos y me concentrara lo más posible, como si en verdad estuviera pasando. Me dijo que imaginara que estaba en la cárcel. Imitó el acento de ellos: “Lindo nene blanco... un poco apretado... lo tengo que abrir más....” después levantando la voz, decía: “¡Está clavando el cuchillo en tu (ano)! ¡ESTÁ CLAVANDO EL CUCHILLO EN TU (ANO)! ¡LO ESTÁ CORTANDO! ¡DUELE!” Esto para enseñarme el horror de ir a la cárcel. He oído también sobre la terapia que Ed describe, lo de la “manguera en la nariz y la correa en la palanca”, y he considerado tratarlo, pero nunca lo he hecho. Luego aprendí de otras fuentes que esa historia acerca de las cárceles no es verdad. Las cárceles suburbanas son sólo cuartos donde te sientas, los otros prisioneros usualmente nada más jóvenes que son encarcelados quizá sólo por manejar ebrios o con la licencia suspendida, o posesión de marihuana o algo, y se sientan contigo a jugar ajedrez. Algunas veces eran afro-americanos, pero cuando eran, siempre eran tan civiles como cualquier otro. (Un tipo con el que jugué, afro-americano, era el mejor jugador de ajedrez con quien había jugado; siempre me borraba del tablero.) Cuando el juez anunciaba “encarcelación por recomendación del terapeuta nombrado por el tribunal”, le pregunté al abogado de oficio si podía pedir unos días para que pudiera mover mis cosas a almacenar. —¿Cuánto tiempo necesita?— me preguntó el juez. Tenía que pensar cuidadosamente. Pidiendo demasiado, podría pensar que era poco razonable y negar cualquier tiempo. Inmediatamente, tenía que pensar: “¿Cuánto tiempo me llevaría realmente para hacerlo?” —¿Cuatro días?— le pregunté. —Muy bien— contestó —le daré hasta el viernes. (Eso era cuatro días.) —Si no se presenta, ¿entiende cuán serio sería...? Le aseguré que ahí estaría. Excepto que en el camino, cuando estaba cambiando de bus, uno de ellos se retrasó una hora, así que llamé a la cárcel y les expliqué por qué iba a llegar tarde. Me dijeron que estaba bien. Traje bastante de mis libros de referencia en una mochila, y en la estación de policía, el sargento los puso de cabeza, sacudiendo las páginas, buscando algo escondido en ellos, y revisó mis sobres de manila llenos de fotocopias de inscripciones antiguas, y revistas de “Geográfico Nacional” que también había traído para leer cuando estuviera cansado de estudiar, y me dejó llevarlo todo (menos la mochila). Cuando vio las inscripciones, sacudió la cabeza y me preguntó, —¿Puedes entender esos garabatos? —Precisa algo de descifrar, pero sí. —Eso es interesante. —No lo debería decirle “descifrar”, en realidad, ya que no es un código, es sólo traducción, para así es como mis amigos y yo lo llamamos cuando trabajamos traduciéndolo. —¿Dónde aprendiste a hacer eso? —Estudiando unos años en la universidad. Tienes que contar con dos años por lo menos para cada idioma que aprendes—dos por lo menos—excepto cuando se trata de dialectos que tienen grandes similitudes—y luego tienes que retener el conocimiento o lo olvidas. —Debe ser un trabajo difícil. Encogí los hombros. —¿No lo es cualquier carrera? Sacudió la cabeza de nuevo, luego me llevó a las celdas, con mis cosas. Los otros prisioneros en las celdas me preguntaron por qué estaba ahí. —Por manejar con la licencia suspendida— les dije. —Segunda infracción. —¿Por qué te la suspendieron? —Traté de escaparme de una patrulla. (Es lo que les dices cuando estás ahí. Si no respondes, empiezan a adivinar, y el “exhibicionismo indecente” usualmente surge a la segunda o tercera adivinanza, si no a la primera. Y luego empiezan a desdeñarte y aislarte... como si fueras una clase de “pervertido” o algo así.) Había tres celdas pequeñas y una grande. Después de una semana o dos cuando me movieron a la grande, el otro prisionero ahí, un tipo noruego, les dijo: “Oye, debería tener algo que decir en cuanto a los que vienen aquí conmigo. Tengo más tiempo aquí. Yo tengo precedencia.” Él lo llamaba el “penthouse”.* Qué payaso era ese tipo. (Traté de preguntarle algunas cosas sobre el noruego, pero no sabía ni una palabra más que su nombre y apellido.) Después de que se fue, y estaba solo y capaz de concentrarme, empecé a trabajar (cuando él y esos tipos locos no estaban ahí cantando la canción de “La Isla de Gilligan” o algo—completo con los efectos de sonido del trueno: “El tiempo luego se hizo mal...”) Era bueno tener todo este tiempo libre para estudiar, no llegar a casa del trabajo en la noche todos los días, todo agotado y con ganas de acostarme. Logré hacer mucho allí. Establecí una buena teoría acerca del eslabón entre dos tribus antiguas en la India, separadas por una gran distancia geográfica, escribí un artículo sobre ello y lo publiqué, lo cual no habría hecho si no estuviera ahí. Muy bien, me imaginé, que ahora podría ir a la cárcel otra vez. Estaba listo. Tal vez podría hacer más trabajo, algún trabajo que en verdad necesitaba hacer. Había estado mes y medio la última vez, así que ésta vez probablemente serían dos o tres meses (incluyendo el tiempo menos por buen comportamiento en la cárcel.) Usualmente no guardo una mochila llena de cosas que necesitaría en una excavación en el baúl lista para irme, pero si lo hiciera esta vez, y le dijera a mis padres que siempre lo hacía, ¿tendrían alguna forma de saber que no era verdad? Llené una mochila con todo lo esencial, agarré mi pasaporte y todo lo que necesitaría, lo metí en el baúl del auto como si siempre lo guardaba ahí (llevé mis libros también, esta vez), y llamé a mi amigo para ver si quería estudiar esa tarde. Sí quería. Ninguno de nosotros trabajaba al siguiente día. No podía decirle nada por teléfono, porque mis padres estaban cerca para oír, así que decidí que le iba a decir después. Les dije a mis padres que iba a su casa y que iba a quedarme toda la noche ahí. Todo esto porque no podía mantener la cremallera cerrada en el auto con la chica. (Continuado) _______________ * “Penthouse”: departamento lujoso en la parte arriba de un edificio, en las cuales suelen vivir los millonarios.
Message modified by board administrator 6/8/2006, 11:15 pm
Una vez cuando recibía sesiones de terapia ordenadas por el tribunal, y me notificaron que una excavación se acercaba en pocos meses, le dije al terapeuta que para conseguir el dinero para seguir con las clases, tendría que irme a la excavación.
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